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Granada, 16/12/2001

Horarios comerciales

TODOS los comerciantes saben que si cierran su tienda -o su bar- un día, las ventas de esa jornada no se recuperarán en la siguiente. Cerrar tan sólo una mañana puede suponer pérdidas muy notables, y la ampliación de los horarios comerciales abre la posibilidad de aumentar las ventas y los ingresos. De un tiempo a esta parte, la mayor parte de la gente no compramos únicamente lo que necesitamos, ni lo compramos cuando es debido, ni en el lugar más adecuado.

Lo que ocurre es que compramos baratijas innecesarias, casi siempre deprisa, en la primera tienda que se nos cruza en el camino. Por eso, desde hace quince o veinte años, los horarios comerciales se vienen ampliando en un lento proceso que si nadie lo remedia provocará que nuestras ciudades se conviertan en un gigantesco centro comercial donde las tareas de distribución, almacenaje y consumo de mercancías serán la única actividad civil. Y casi nadie protestará porque los consumidores podrán comprar cualquier cosa a cualquier hora del día o de la noche, los trabajadores tendrán más puestos de trabajo, los empresarios del sector verán crecer sus rendimientos; y, bajo la luz deslumbrante de la actividad comercial, todos los barrios verán animadas sus calles con el brillo fácil de los escaparates y el ajetreo interminable de la gente que pasa cargada de paquetes.

Una ciudad tendría que plantearse sus horarios, los comerciales y los administrativos. Y tendría que plantearse esos horarios sin perder de vista el modelo de vida y de jornada que pretende asumir y desarrollar. Y todo ello, además, con el propósito firme de proteger eficazmente la tranquilidad y la convivencia de sus habitantes. Reducir la naturaleza de Granada a la de una ciudad cuya vertiente hegemónica fuera la de comerciar con su turismo, sus servicios y su ocio es un punto de vista legítimo pero también letal. Ninguna ciudad ha resistido mucho tiempo la experiencia de convertirse en un parque temático donde el turista sea la medida de todas las cosas. Los horarios de una ciudad no existen para agradar al visitante, y un visitante educado sabe -o debe saber- que tiene que respetar los horarios y las costumbres del lugar que visita.

Dicen los empresarios de hostelería de Granada que muchos de los turistas que han visitado nuestra ciudad en las últimas semanas se han ido decepcionados porque no han podido ir de bares o de copas más allá de las dos o las tres de la madrugada. Dicen estos empresarios que el Ayuntamiento está aplicando la ley con 'incomprensible celo'. Y dicen también que esa ley es una 'normativa obsoleta'. A mí lo que me parece es que el Ayuntamiento ha actuado con incomprensible retraso. Y eso de que la normativa aplicada pueda ser obsoleta tendrá que discutirse en el marco de un amplio debate donde lo único importante no sea proteger los rendimiento económicos. Y si los turistas que vienen a Granada quieren tomar copas hasta el amanecer, que se asesoren antes en una agencia de viajes.

JOSÉ CARLOS ROSALES

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