Cartagena, 30/08/2001 Ser o no ser del 'botelleo'FRANCISCO MÍNGUEZDeberíamos empezar por llamarle mejor que botelleo algo así como anormaleo (sí, de anormal), pero por aquello que el uso hace costumbre lo dejaremos estar. Si el tiempo, como dicen, es oro, lástima de oro que se pierde en problemas imbéciles y anodinos. Verbigracia, el caso de la moda del botelleo y sus consecuencias, sobre todo si dijéramos de compararlo con otras cuestiones mínimamente importantes.Resulta que si el consumo, la venta, la distribución, y demás, de alcohol en la vía pública está prohibido, no hay más que sancionar a los que infringen dicha norma. Y a base de multas se acaba el rollo. Simplemente. Y en caso de que haya libertad plena para que uno pueda beberse en plena calle a su mismísimo padre con hielo y a su madre con soda y, después, lógicamente, mearse sobre los mismos riñones del que encuentre más cerca, pues no quedaría más remedio que joderse. Ofrecer hielo o soda a cualquiera de los interfectos y, si hace falta, pues poner con agrado el trasero para lo que gusten. Simplemente. En esto no hay medida. De la misma manera que no hay educación, causa de todos estos males. Vamos, que queda poca. Así que el ayuntamiento está por que los moritos, los hijos de los inmigrantes marroquíes, reciban clases de lengua y cultura árabe para que los escolares no pierdan sus señas de identidad, que para qué vamos a procurar integrarlos en nuestra sociedad si primero ellos no quieren (ahí están las peluquerías, carnicerías, comestibles y hasta sus entretenidas, dicho finamente) y, después, crearíamos más monstruos. Como esos patrios, mal vestidos de marca, algunos hasta universitarios, pero que no saben ni quién es Góngora ni Quevedo ni Oscar Wilde que, además, era maricón, para más señas. Y para qué decirles, tan botelleros como son, qué es y cómo sabe un Manhattan, un Daiquiri, un Gin-fizz o un Blody Mary. Peor para ellos, que bastante desgracia tienen con esos gustos, esos usos y esa incultura tan manifiesta y soez. Sin embargo, sí son capaces de beberse a su padre y a su madre juntos, enfollonarse penosamente y aliviarse donde pillan. Cultura y educación, que tienen. Lo mismo, igual, hasta sería bueno que hicieran pronto la plaza de toros que prometen para enchiquerarlos allí a todos, que bien dirían mis amigos Juan Cánovas o su hijo Víctor, y que allí se bebieran hasta el último grano de albero. Igual. Y terminado el botelleo, pues por la puerta grande a casita. Hasta tendrían a su disposición la correspondiente enfermería con sus correspondientes facultativos y las mulillas dispuestas para trasladar al que no estuviera en condiciones de hacerlo por sus propias patas, digo pies. Pero lo peor no está en Cabo de Palos, donde los que van a descansar no descansan. Paradojas de la vida. Lo peor está, estará, cuando todos estos botelleros se cojan como la patera de turno y arriben, terminado el periodo estival, a la ciudad y monten su tinglado característico quién sabe dónde. Tiempo al tiempo. De ahí que mi dilecta Barreiro, presta a lo que se le viene encima, se haya dispuesto a reunir en una mesa lo que haga falta, intentando prevenir antes que curar. Y dejando de manifiesto, en silencio, que el concejal Juan Manuel Ruiz, de Sanidad y de La Manga, o sea, también de Cabo de Palos, ha sido incapaz de solucionar la patata borracha del botelleo. De cualquier manera sigo creyendo que están de más las mesas, las plataformas y todas esas cosas. Si los jóvenes pueden impunemente beber en la calle y mearse (¿no hay contenedor ad hoc para orines?) donde les apetezca, pues habrá que joderse, claro. Y si no pueden es entonces la autoridad competente (como en los toros) la que tiene que impedirlo. Y no hay más.
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