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Castellón, 30/8/2001
A FONDO

El imperio del ruido

FRANCESC COLOMER
Va a culminar otro verano en el que, globalmente, se ha vuelto a resolver mal la convivencia con el ruido y la contaminación acústica. No es un tema fácil. Constituye uno de los desafíos colectivos más importantes que guardan relación directa con la calidad de vida de muchas personas y familias.

La actividad económica de esta provincia descansa en varios sectores que no han sabido prescindir del ruido. Uno de ellos es el industrial y azulejero, cuyos inmensos beneficios no han ayudado a reciclar convenientemente sus procesos productivos garantizando un impacto menos agresivo para el entorno, natural y humano. Que les pregunten a determinados núcleos poblacionales cómo se convive cerca de algunas empresas, atomizadoras, carreteras con tráfico pesado, etc...

Pero, atendiendo a esta época del año, el tema fundamental de estas reflexiones versa hoy sobre la convivencia con las llamadas actividades turísticas. Este sigue siendo un complicado problema cuya solución, insisto, presenta complicaciones. Los locales de ocio, pubs, discotecas, calles cuyas calzadas son una prolongación de las barras y mostradores interiores, etc. Todo ello, colindando físicamente con el descanso de la gente y con una rutina diaria que, en ocasiones, sigue siendo, a pesar del verano, la del trabajo sometido a horarios convencionales. Es decir, vidas y ritmos incompatibles.

Otro ejemplo de los ya clásicos son los establecimientos cuyos equipos de música compiten por romper a decibelios la competencia, en una enloquecida carrera por sobresalir. Algunos propietarios parten de la base de que la música muy alta es un poderoso reclamo para atraer clientes.

Hablando de propietarios, los hay que, a sabiendas, obtienen una licencia sin audición musical pero, inmediatamente, ya están encargando los bafles más potentes del mercado porque, sin "musiquita", no hay ambiente, sin ambiente no hay clientes, sin clientes no hay cajón, etc... Propietarios que, junto a sus letrados (un tándem también clásico) son conscientes de que los expedientes sancionadores son largos, laboriosos y, en ocasiones, asfixiantes para la administración.

Sea como sea, lo cierto es que la realidad actual debe mejorarse entre todos. Repasemos algunos aspectos que deberían encaminar las cosas hacia una situación de mayor convivencia y armonía. En primer lugar, el Consell debe presentar de una vez y definitivamente la Ley de Contaminación Acústica que siente los criterios de qué es lo que no debe ser soportado porque resulta nocivo para la calidad de vida. Esa es la clave. Debemos superar la disparidad de parámetros y la inseguridad jurídica que se desprende de un mapa de municipios donde cada cual obra como quiere. Deben ponerse los medios para controlar el cumplimiento de la ley. Los ayuntamientos tienen pocos recursos y sobre sus espaldas caben muy poquitas competencias más si no se revisa la financiación local. Otro aspecto importante es que las normativas urbanísticas de los municipios se acoplen al nuevo marco legal.

Debe ordenarse el territorio de acuerdo con la filosofía y objetivos de la ley (esperemos que el texto definitivo no nos decepcione y frustre oportunidades). Por último, creo que no estaría de más llamar a la responsabilidad de las propias asociaciones de profesionales del sector. Responsabilidad para poder combatir su propia competencia desleal e ilegal. Maldita la gracia que le hará a un buen profesional cuya inversión ha sido celosa con la normativa, constatar que cualquier desaprensivo se forra sobre la base de no arriesgar nada e incumplir mucho. El intrusismo perjudica al sector y lesiona la convivencia.

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