Barcelona, 4/8/2001 VIVIR EN BARCELONA¡No puedo dormir!David Hidalgo y Olga Pérez son una joven pareja que vive con sus dos hijos en el paseo del Born, en el barrio de la Ribera de Barcelona. Bajo sus ventanas hay cinco terrazas de verano. La pareja añora aquellos tiempos en los que el único jaleo del barrio era el ir y venir de productos del mercado a las seis de la mañana. Lo prefieren al continuo murmullo vespertino, el sonar de móviles, el tintineo de cristales, los olores a tostadas y bacon, los clavelitos que entonan los borrachos a las tres de la madrugada, la acumulación de basuras y el ensordecedor escándalo de su recogida ya al alba. Pero lo que ya no aguanto más es ‘La chica de Ipanema’. ¿Es que los músicos de la calle no pueden variar su repertorio?, se lamenta David. Vivimos con el ruido. No podemos ver la tele con la ventana abierta. Es el precio de vivir en uno de esos barrios que se han puesto de moda. Una hipoteca que se paga insonorizando las paredes e instalando aire acondicionado.El problema de las terrazas pone de manifiesto el debate sobre cómo se deben regular los espacios públicos. Esther Melcón, secretaria de la quijotesca Associació Catalana contra la Contaminació Acústica (ACCA), dice: El ruido crece en Barcelona en progresión geométrica porque no hay voluntad política para atajarlo. La prioridad es crear una ciudad para el ocio y el negocio. Barcelona se rediseña para acoger un turismo masivo y degradante en detrimento de quienes vivimos en ella. David y Olga indican que la Ribera es un buen ejemplo, plagada de tiendas de diseño y terrazas, pero las cosas de primera necesidad hay que buscarlas fuera, lo que incluye una plazoleta sin terrazas para pasear con nuestro bebé. A lo dicho se añaden las quejas de la Associació de Veïns del Casc Antic, que denuncia que muchos locales funcionan sin licencia, que no hay estudios de impacto acústico a la hora de abrir bares y que la mayor parte de la oferta se concentra precisamente por la noche. Barcelona se vende al turismo y nos sacrifica a nosotros, sentencia su presidenta, Glòria Fontcuberta. Para el arquitecto y urbanista Ferran Navarro, que hace unos años ayudó a fundar la plataforma para la recuperación de las plazas pa-ra los ciudadanos, en Barcelona falta espacio público, y en el poco que hay es muy difícil compatibilizar juegos de niños, cacas de perros, deportes, abuelos y bares. Las terrazas son consustanciales con el carácter mediterráneo, pero tenemos que plantearnos si queremos dar a nuestros espacios públicos un uso verdaderamente colectivo o el que nos mande el mercado. Navarro ve en la Rambla un ejemplo de las directrices de la rentabilidad. Antes era un lugar de encuentro y ahora es un conglomerado de pizzerías y hamburgueserías para un turismo banal que definimos como cultural para consolarnos, pero nos engañamos, Barcelona se está lloretizando. El Ayuntamiento ha puesto en marcha la campaña de sensibilización Menys soroll a les terrasses, dirigida a los propietarios y clientes de las terrazas de verano de la Ribera y Gràcia. El objetivo es hacer compatible la actividad lúdica y económica con el derecho al descanso. Debe comprenderse que hay gente durmiendo dos metros más arriba, recuerda Ferran Mascarell, concejal de Gràcia. Hasta el 12 de agosto, los establecimientos incluidos en la campaña recibirán la visita de dos promotores ambientales que buscarán más implicación de propietarios, empleados y clientes de los locales para que haya menos ruido. Hasta ahora, otras respuestas municipales se han centrado en reducir el número de mesas y adelantar la hora de cierre. Un ejemplo puede verse en la plaza del Sol, en Gràcia, donde no se sirve una copa después de la una y media de la noche. Sin embargo, los vecinos siguen sin poder dormir porque la gente opta por sentarse en el suelo, comprar cerveza a los vendedores ambulantes y alegrar la fiesta con timbales hasta el alba. Los dueños de los bares dicen que ellos sólo pueden hacerse responsables de sus clientes y que adelantar el cierre no es ninguna panacea. Por su parte, Rosa Puigpinós, de la asociación de vecinos de la plaza del Sol, asegura que las terrazas han dejado de ser un problema, pero cada noche es ahora una incertidumbre. Ya ha habido más de un intercambio de huevos entre los vecinos y los que se pasan la noche en la plaza. Donde las restricciones tampoco han servido para mucho es en la plaza George Orwell, la zona de terrazas de los desheredados de Barcelona y de los que juegan a serlo. Allí se estila comprar las bebidas en los colmados en un ambiente enrarecido donde el toque de queda es poco menos que una ficción. Nada que ver con los timbales alternativos de Gràcia y mucho menos con los trajes de lino de las nórdicas que se pasean por la Ribera. Pero el ruido, ya se sabe, siempre suena igual.
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