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Barcelona, 19/10/2000

Fabricando ruido

Pequeño Observatorio

Josep M. Espinàs
L a Comisión Europea propone que todos los países de la UE acepten directiva para limitar el ruido en las grandes ciudades. Debo decir que no hay nada tan fácil y agradecido como lanzar ideas con las que todos estén de acuerdo, sobre todo, si se trata de ideas generales. Por ejemplo: la gente tiene que hacer una vida sana. Los jóvenes tienen que tener oportunidades de trabajo. Las parejas deben poder compatibilizar la actividad profesional con la dedicación a los hijos pequeños. Todo eso es magnífico, entusiasmante.

El problema es cómo pasamos de los ideales, que florecen en alturas purísimas, al cultivo de la práctica, que es un trabajo que hay que hacer cogiendo la realidad con las manos. Si hablamos del ruido ciudadano, la realidad es que influye en él fundamentalmente la densidad urbana, pero también el espacio geográfico en el que se encuentra la ciudad, en el clima, en la actividad a que se dedican sus habitantes y, no podemos olvidarlo, la cultura vital de los ciudadanos. Si entre las grandes ciudades se incluyen Estocolmo y Nápoles, podemos empezar a dudar que pueda haber una norma uniformizadora. Ni por lo que respecta a los ruidos, ni a los olores, ni a las actividades en las vías públicas.

Existen, pues, unos ruidos naturales, de acuerdo con las características de cada ciudad, y unos ruidos que se pueden limitar. Cuáles? Cómo? No debe de ser fácil, ni quizá deseable, establecer un criterio europeo, porque decir Europa es una manera de no decir las Europas . No dudo de que un exceso de ruido puede trastornar --como un exceso de silencio o de soledad--, pero quisiera recordar que la idea de exceso es relativa, depende de un según cómo , y que no siempre es acertado querer hacerla objetiva a base de establecer una escala de decibelios.

Está claro que no defiendo el estrépito de la circulación, pero cómo lo vamos a arreglar en un país donde tanta gente no puede hablar si no es gritando? Hacer ruido, y adaptarnos a el está tan enraizado en nuestra manera de ser, que la Comisión Europea debería atreverse a proponernos una directiva sobre el tono de voz que tenemos que utilizar cuando hablamos en casa con la familia, cuando cenamos en el restaurante con unos amigos, o en el café, o en el metro. Yo pienso que el ruido urbano irrita o perjudica mucho más a los silenciosos nórdicos que no a nosotros, que para compensar el fragor que nos rodea nos dedicamos a fabricar ruido nosotros mismos.

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