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Murcia, 24/5/2000

‘Botelleo’ y educación

PEDROSOLER
La policía municipal capitalina, acatando órdenes de los jefes de turno, está dispuesta a eliminar de un porrazo el polémico y bienhallado botelleo juvenil. Plausible, pero improbable empeño.

Verán: los chavales saben que su nocturna farándula es molesta para la vecindad, aspecto que les resulta despreocupante. Con todo, se rebelan ante la prohibición, porque –¡qué exigentes son los padres–! les parece una quiebra forzosa de un sistema de marcha que, según me dicen, dista mucho de identificarse con un club de alterne o con el puticlub descarado. O sea que, los padres han de estar satisfechos, ya que sus hijos –e hijas– se gastan la paga en culos de manzana y cubatas, que no en la práctica del puteo encubierto. Algo es algo.

Sucede, por tanto, que, ante el derroche de tamaña bondad y buenas costumbres, los críos no se explican por qué cuatro vecinos de tristes sentimientos y mente retranqueada se quejan de la abierta práctica del botelleo, tan abierta que no precisa más techumbre que el cielo abierto. Y menos explicable les resulta que la policía municipal se haya convertido en juez y parte de sus nocturnas convivencias, nacidas de la amistad y adobadas con algunas pintas de licor. «Nos negamos –me sueltan– porque negarse a una imposición es ley de vida». Amén.

Y me argumentan que, si las manifestaciones estuvieran prohibidas, la Gran Vía sería todavía consentido carril de vacas, por donde borrachos, puteros, busconas, carteros, empresarios, sindicalistas, policías, concejales, amas de casa, ecologistas pasivos o en acción... lanzarían sus gritos de reclamo y lucirían sus pancartas atiborradas de consignas.

«Desde que fueron autorizadas –añaden– las manifestaciones son la rechifla, pues hasta la del Primero de Mayo –o tempora!–, el personal rehúye lo demodé y sólo se manifiesta en la playa».

A seguir aguantando. Pensemos, si ellos me lo permiten, que esto del botelleo es, de acuerdo, cuestión de moda, pero también problema de educación. Lo perseguible quizá no es el botelleo en danza, sino el método irrespetuoso utilizado. «¿Por qué no se practica –les pregunto– sin convertir los jardines en descomunal y atronadora verbena, en improvisado retrete público y en vertedero ilegal?». Se ha hecho el silencio, y no añado que lo peor es solucionar un problema con la policía porra en ristre, ya que la juventud encuentra recursos, no digo –que hasta podría– para trocar el botelleo en caos, pero sí para escurrir el bulto de este enclave y colocarlo en aquel otro. La moda tiene su temporada de vigencia.

Mientras tanto, al vecindario le queda el desahogo de sus quejas y reconcomerse con sus imprecaciones, porque la cosa puede durar hasta que la juventud se hastíe.

Todo lo demás –y perdonen la sermonera– son cataplasmas.

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