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Granada, 9/5/2000

Patrimonio de la impunidad

Puerta Real

Francisco Izquierdo

COMO nunca es mal año por mucho trigo, voy a insistir en un asunto sobre el que ya he tratado en este espacio periodístico y más de una vez. Me da pie la concentración de varios cientos de vecinos en la cuesta de San Gregorio, donde se leyó un texto, cabal y terminante, dirigido a las autoridades en protesta por la indefensión y riesgo ante la falta de seguridad en el Albayzín bajo, peligrosidad que crece de día en día. Los concentrados, algunos víctimas de atropellos, después de la lectura del manifiesto y presididos por pancartas de denuncia, se encaminaron a la Subdelegación del Gobierno Nacional a fin de hacer llegar las reivindicaciones a manos del representante en la provincia. Y, naturalmente, no estaba en casa. Si la peregrinación de los afectados, por un casual, se hubiera dirigido a la sede municipal del sexto teniente de alcalde, delegado específico de protección civil, seguramente que tampoco habría estado en casa. Ya se sabe de la apretada agenda de tales señores, tan estreñida que los obliga a evacuar perentorios ritos de parafernalia política y les excusa de resolver problemas de vital importancia, unos, como el que nos ocupa, de urgentísima solución. Cierto, se debe reclamar al ausente señor Urbano, y a su emblemático apellido, pero en la misma medida se debe exigir al señor Orta corresponsable del bienestar ciudadano. Pues a ambos atañe garantizar la libertad y salvaguarda de los contribuyentes, haciendo observar el sosiego, el silencio, la voluntaria circulación por todas las calles y el amparo y la custodia de las viviendas y del entorno común, y muy particularmente el respeto y la protección de la tradicional convivencia humana, en especial al mundo de la infancia, de sus lugares de recreo y de sus vínculos vecinales, cuestión ésta gravemente olvidada. A ellos, a los comprometidos en mantener el bienestar social, corresponde limpiar la basura indocumentada o de inútiles residuos bípedos el enfáticamente denominado Patrimonio de la Humanidad, hoy por hoy, según mi parecer, Patrimonio de la Impunidad. Ya que por los aledaños bajos del Albayzín pululan, trapichean, provocan, asaltan, violan y okupan cuanto les viene en gana, con el mayor libertinaje y la más absoluta inmunidad. Aparte el descaro jactancioso de dichos fulanos, los llamados chorizos, canalla en la que entran camellos, drogatas, pies negros, cabezas rapadas, navajeros, violadores y toda suerte de rufianes, resulta que sus corrinchos, a veces andariegos y a veces estables, como sucede en las plazas de San Gregorio y Carvajales, son un atentado brutal al encanto, incluso a la estética, del barrio morisco. Esos corrinchos equivalen a muladares de roña, greñas y piojos, verdaderos contenedores semovientes de lo zarrapastroso y de lo merdellón, los cuales, además, berrean, injurian, escupen, se emborrachan, vomitan, mean y cagan en sus mismos asentamientos callejeros, revueltos como cerdos, y para más inri se acompañan de perros asquerosos, de envoltorios hediondos y de zambombas tropicales, que arman más ruido. Tales instalaciones artísticas (me tiene impactado eso de las instalaciones), con virtuales síntomas vegetativos, son las que fotografían los visitantes extranjeros e hispanos, acaso como testimonio fehaciente de que todo es posible en Granada. Una excelente imagen para la promoción turística de las bellezas y maravillas de la ciudad.

No sé a qué esperan los encargados de la seguridad ciudadana para atajar definitivamente esa lacra delictiva. Las protestas vienen de largo, las exigencias de los vecinos se repiten hasta la saciedad, los hechos agresivos, cada vez más numerosos, hablan por sí mismos... ¿Necesitan los poncios políticos que todo un barrio se ponga de rodillas ante ellos y suplique una limosna de protección civil? De eso, nada. La seguridad ciudadana es un derecho y se lo deben. Que conste, por si acaso, que no escribo a humo de pajas: me saquearon la casa, nos atracaron a mi mujer y mí, me han amenazado más de una vez y pintarrajean mi fachada con frecuencia. ¿A quién debo reclamar? ¿A quién tengo que agradecerlo?

FRANCISCO IZQUIERDO

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