Madrid, 5/5/2000 La 'botellona'MIGUEL GARCÍA-POSADAA estas alturas nadie sabe todavía lo que pasó en Sevilla la madrugada del Viernes Santo. De pronto, en varios puntos del casco antiguo, que es por donde desfilan todas las cofradías y donde se concentraban esa noche unas seiscientas mil personas, empezaron a producirse carreras de pánico, con gritos diversos de alarma. Durante media hora las carreras se convirtieron en el árbitro de la ciudad, y si no hubo que lamentar víctimas a un hado dichoso habrá que atruibuirlo. Se han formulado las hipótesis más diversas, pero por los indicios más fiables todo parece indicar que se trató de una gamberrada más o menos dirigida. Varios siglos de madrugadas no habían presenciado nada semejante. La ciudad se sentía orgullosa de esta tradición de buen orden, consecuente con el carácter genuinamente popular -ni eclesiástico ni oligárquico- de las celebraciones. Los gamberros la han quebrado en pocos minutos. Pero nos ha parecido particularmente inquietante lo que escuchamos al señor alcalde de la ciudad, quien ha afirmado que cuando salió del ayuntamiento a eso de las cinco de la mañana y contempló "la botellona que estaba cerca", no observó "nada raro". La botellona -aclaro- es una concentración de bebedores de perfil adolescente, que se reúnen en lugares notoriamente claves de la ciudad para ingerir todo el alcohol que les pide el cuerpo y algo más. La botellona a que se refiere el señor alcalde estaba situada a no más de cincuenta metros de las puertas del ayuntamiento. Pero para el señor alcalde eso "no es raro". Para el señor alcalde es normal que puntos estratégicos de su ciudad sean tomados por cientos de ciudadanos que se dedican a emborracharse en ellos. Aparcar no se puede, pero emborracharse, sí. Había varias botellonas en Sevilla durante la madrugada del Viernes Santo, y todas se beneficiaban del gran respeto, del muchísimo respeto que les tienen los señores ediles. En estas circunstancias, ¿cómo extrañarse de que algunos de los adherentes a la botellona decidieran poner boca abajo a toda una ciudad? Ha pasado en Sevilla, pero mañana puede ocurrir en cualquier núcleo urbano de España. Los munícipes tienen un respeto reverencial por los botelloneros, los motoristas con el tubo de escape abierto y los amantes de las esquinas regadas con alcohol. En especial los tubos de escape abierto, que constituyen una ofensa acústica para cualquiera, deben de sonar a música de Beethoven en los duros oídos de nuestros munícipes. Algo de esto debe de haber porque si no no se explica la fruición, el ilimitado goce y la insolencia con que esos motoristas despliegan sus ruidos abominables por el centro de las ciudades. En Sevilla, los botelloneros han destrozado minuciosamente el exquisito neomudéjar de la plaza de España, monumento central de la Exposición del 29, y han hecho falta veinticinco años para que los señores munícipes, de la izquierda y de la derecha, se hayan decidido a adoptar medidas. Pero en el hermoso y turistizado barrio de Santa Cruz hay, había, algunas placitas deliciosas -o mejor: que eran deliciosas- que exhiben ahora sus muñones, porque otra cosa no les queda. Ya lo dijo el maestro de alcaldes, tan ilustrado como cínico: "Colocarse y al loro". Bien colocados estaban los botelloneros de Sevilla la pasada madrugada del Viernes Santo y bien colocados están sus colegas del resto del país. A seguir, pues, muchachos, que mientras tengáis de vuestro lado a tan benefactores munícipes, ancha y espaciosa es la tierra de España para que gocéis de próspera fortuna y ninguna adversidad, que esto último lo digo en castellano levemente arcaizante para que me maldigáis por carcunda cuando bebáis en la botellona.
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