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Pola de Siero, 27/03/2000

A vueltas con la «movida» polesa

VECINOS, POLÍTICOS Y HOSTELEROS PROTAGONIZAN UN DEBATE QUE REGRESA A LOS MENTIDEROS TRAS EL REFUERZO DE LA VIGILANCIA POLICIAL
P. TAMARGO
Más de cien lugares donde tomarse una copa entre «chiringos», pubs y locales de alterne para una población que apenas sobrepasa los 10.000 habitantes. Casi un bar por cada cien vecinos. Más de 2.000 personas que llegan a la Pola cada domingo procedentes de todos los rincones de Asturias y un dispositivo policial de prevención de altercados de orden público integrado por 15 agentes –siete de ellos antidisturbios pertenecientes a una unidad de intervención de Oviedo– que controlan la villa polesa cada fin de semana.

Éstas son algunas de las cifras más significativas de la denominada «movida» juvenil de los domingos en la Pola. Un fenómeno social en crecimiento que afecta a todos los sectores de la población de la villa y que cuenta con enérgicos defensores y detractores a ultranza. Hosteleros, vecinos –jóvenes y no tanto– políticos y fuerzas de seguridad son las partes implicadas.

Para unos, la «movida» es un foco potencial de delincuencia y un «guirigay» dominical que causa ruidos, impide el descanso y origina inseguridad ciudadana. Para otros, es una fuente de ingresos irrenunciable que constituye uno de los pilares básicos de la economía de la villa. El debate vuelve a centrarse en la calle. Hay quienes consideran que el problema se está sobredimensionando y opinan que «los actos vandálicos comienzan a ser preocupantes», como el alcalde del concejo, Juan José Corrales, que planteó hace unos días reforzar el control policial para atajar esta situación.

De otro lado, las Juventudes Comunistas de Siero piden la retirada de los antidisturbios de las calles, ya que consideran que constituyen un foco de provocación. Hace falta educación policial para resolver los conflictos que puedan plantearse «con métodos pacíficos» y control sobre los métodos de los vigilantes de seguridad privada que comienzan a proliferar en los locales de la villa. Sobre todo este asunto acecha, inexorable, la sombra de la venta de alcohol a menores de edad.

A partir de las cinco de la tarde de cualquier domingo, las calles de la villa comienzan a llenarse de adolescentes. A esa hora, se inicia el desembarco de los autobuses y trenes que llegan cargados de jóvenes de entre 14 y 18 años. La mayoría de las pandillas tiene una ruta preestablecida que realiza por los distintos bares. Las bebidas con más demanda para iniciar la tarde: el «calimocho» y la sidra.

Aunque en la mayoría de los establecimientos cuelga el cartel de «Prohibida la venta de alcohol a menores», muchos hosteleros reconocen que es difícil controlar a quién se sirve. «Los chavales vienen acompañados de mayores de edad que son los que compran y salen fuera del local con la bebida», explica una camarera de un bar de la plaza de Les Campes. «No existe un interés económico por nuestra parte como se dice, porque los más jóvenes no tienen gran poder adquisitivo y vender alcohol a este sector de la población no supone mucho beneficio», añade.

Hay algo que preocupa más a los hosteleros polesos y es el incremento fulgurante de los controles policiales y de alcoholemia. «Durante las épocas en que se incrementan los dispositivos se nota un bajón en la gente, sobre todo cuando ponen controles de alcoholemia a la salida de la Pola», señala otro hostelero.

De momento, se impone la calma y que la «lechera» –como llaman los jóvenes que disfrutan de la marcha de la Pola al furgón de los antidisturbios– siga aparcada delante del Ayuntamiento. El domingo de la semana pasada no hubo ni un solo incidente nocturno, un éxito que los responsables municipales atribuyen al incremento de la vigilancia de las fuerzas del orden. Sigue el debate.

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