Granada, 14/02/2000 Puerta RealCero en conductaJUAN BUSTOSCADA día publica IDEAL una fotografía -en la página cuatro, no se la pierda-, que nos produce disgusto y un tanto de indignación. Generalmente, en su inmensa mayoría, son fotos que denuncian deficiencias ciudadanas, malos comportamientos de mucha gente y, con más triste frecuencia, actos vandálicos lamentables cometidos por todas partes: farolas destrozadas, contenedores reventados, rótulos apedreados, bancos literalmente machacados, señales volcadas, papeleras desfondadas, fachadas pintarrajeadas. Hay donde escoger, para sonrojarse. En ese desfile gráfico del periódico -imágenes para una verdadera antología de salvajadas-, venimos viendo cómo no hay calle ni plaza de Granada que hoy estén libres de toda suerte de desmanes estúpidos y violentos, cometidos por indeseables que campan a sus respetos entre las escorias oscuras de la madrugada. Salta a la vista que la buena educación ciudadana, que nunca fue moneda corriente en nuestro carácter, está perdiéndose al parecer de forma imparable.Hay bastante gente perpleja y descontenta con estas cosas, no tan insignificantes como a algunos pueden parecer. Gente que, sencillamente, no se explica la razón -si la tiene- de esta visible y profunda transformación social, que está conduciendo a que se acepten resignadamente hechos y actitudes claramente antisociales. Auténticas barbaridades, cometidas a veces con el mayor descaro, por individuos o grupos que incluso suelen entrar en competencia para hacer el mayor destrozo, el mayor daño. Mucha gente se pregunta en dónde va a parar todo esto. Es difícil de entender, por qué buen número de los jóvenes de ahora recurren a estos excesos para divertirse. (Quizá, con tanto como saben de todo, no saben aún que la juventud ya les brinda la distracción mayor y más completa). Lo cierto es que, para algunos, no hay mejor salida nocturna que la que termina pa-teando, destrozando o incendiando algo. Y no siempre los cafres que se entregan a cometer la primera barbaridad que se les ocurre son choricetes de barrio. Desgraciadamente, en ocasiones, los son también muchachos que mucho deben a la sociedad contra la que atentan. Lo cual es, si cabe, bastante más difícil de entender. Por supuesto, no se me ocurre referirme a 'los jóvenes' generalizando. No sería lícito. Pero es innegable que, de unos años a estos que vivimos, abundan los muchachos que disfrutan echando un pulso a la sociedad, causando verdaderos estragos por donde pasan en una noche de copas. ¿En qué ha fallado la educación que se ha impartido a estos individuos? ¿Qué enseñanza han dejado de recibir en su momento, que ahora, abusando de la libertad en que vivimos, les permite cometer las mayores barbaridades impunemente y sin avergonzarse? Hay quienes piensan que el mal, que convierte en algo habitual las actitudes públicas más violentas, groseras y desvergonzadas, no ha estado tanto en la ausencia de formación humana y cívica que se observa en escuelas o institutos, como en las propias familias, tan complacientes a menudo con las debilidades de los hijos. Tal vez no haya respuesta alguna para esas preguntas. Pero estoy convencido de que pronto va a ser necesario un serio esfuerzo de reeducación social colectiva. Sólo por ese camino, y al cabo de cierto tiempo, podrían llegarse a resolver civilizadamente fenómenos juveniles como el del vandalismo callejero o ese otro de 'la movida', disfrutada por cientos de jóvenes, que deben pensar que la democracia está reñida con la tranquilidad ciudadana. Armonizar la libertad de los individuos, necesaria y sagrada siempre, con la convivencia colectiva de la sociedad, no debiera ser un ideal inalcanzable. Pero lo tenemos difícil. Porque el mal, fruto de tantas permisividades, llega ya de lejos y está mucho más hondo de lo que nos atrevemos a confesar. Estamos pagando a buen precio las ligerezas de una sociedad tan permisiva, que llegó a creer en la utopía de que podía permitirse todo. ¿Escándalos callejeros? ¿Horarios sin límites? ¿Consumo indiscriminado de alcohol? Y ahora resulta que muchas cosas están amenazadas por estos comportamientos. Sería muy deseable algún análisis psicológico profundo de las motivaciones que impulsan a ciertos jóvenes a convertir nuestras calles en espectáculos repelentes. Es indispensable conocer la raíz del cáncer para exterminarlo.
Más noticias de este mes | Último mes | Índice general de noticias |