Barcelona, 2/12/2000 Si hay ruido, no somos libresLLUÍS PERMANYER
La sentencia del juzgado de primera instancia número 42 de Barcelona es importante en sí misma; pero hay más, puesto que si ningún recurso la invalida, su firmeza abrirá una vía de esperanza. Y es que se trata de una victoria judicial contra el ruido: el juez Luis Garrido Espa ha estimado la denuncia de los vecinos del inmueble y ha rescindido el contrato de alquiler del bar por ruidoso. Lean, si no lo han hecho todavía, la información que publicó mi compañero Ignacio de Orovio (página 4 de Vivir en Barcelona, del pasado martes 28 de noviembre), ya que puede inducir a tomar iniciativas y a seguir el ejemplo. El ruido es un intruso que se cuela en nuestro territorio, lo invade peligrosamente y nos provoca agresiones intolerables, que en casos extremos pueden causar lesiones graves. Si el ruido tuviera cuerpo, la defensa habría resultado más fácil; es su inmaterialidad lo que le ha permitido tan incomprensible tolerancia. Aquí, claro. Traten de ser incívicamente ruidosos en ciudades civilizadas, aquellas que con creatividad inolvidable envidiaba el poeta Espriu; la reacción será inmediata: el atacado se defenderá y, lo que es más importante, encontrará todo un entorno favorable. Es una cuestión de tiempo y de cultura, ya que el combate contra el ruido viene de lejos y forma parte sustancial de su forma civilizada de vivir en una gran ciudad. Aquí, claro, es diametralmente opuesto. En la zona mediterránea no sólo no se cultiva el silencio, sino todo lo contrario; el espacio callado es intolerable para demasiada gente que ha aprendido a vivir en un ambiente en el que el sonido manda. Es otra cultura. Barcelona tiene el dudoso honor de ocupar el segundo puesto de cabeza de las ciudades europeas más ruidosas; sólo nos aventaja Sofia. Bravo. Ya sé que una condición semejante no puede ser cambiada en horas veinticuatro, al estar íntimamente enraizada en el comportamiento. Baste un ejemplo: los cafés, los bares y los restaurantes recién inaugurados, en los que no hay forma de hablar debido al caos acústico. Un lugar de comunicación pasa a ser de incomunicación casi total y ello es achacable a la carencia de sensibilidad del propietario y del diseñador. Si esto ocurre en un negocio propio, qué no sucederá cuando semejante contaminación es lanzada contra ajenos y desconocidos. Los ciudadanos esgrimen hoy unas exigencias razonables, civilizadas y que deben ser atendidas, pero el entorno no está preparado, por muy diversas razones, para tomar cartas en el asunto. Comenzando por la normativa, siguiendo por quienes la han de hacer cumplir y terminando con la educación nula de quienes consideran que el ruido que causan no es para tanto. Sin ir más lejos, los vecinos de la plazuela del Pi y de la plaza Sant Josep Oriol dicen que los problemas han reaparecido y que no son escuchados. Me parece esperanzador que la vía judicial se revele adecuada, para así orillar la actual inoperancia y poner, de una vez por todas, las cosas en su lugar debido: la ley. Barcelona ha de recuperar en este sentido su alto grado de urbanidad, que ahora pasa por la lucha contra el ruido
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